2011: Por el centenario de Marshall McLuhan

El profesor Jorge Lozano recuerda que este año es el centenario del nacimiento del filósofo y comunicólogo canadiense Marshall McLuhan (21 de julio de 1911 – 31 de diciembre de 1980), uno de los fundadores de los estudios sobre los medios y de la sociedad de la información. Organizaremos una jornada o sesión recordatoria. Y, mientras tanto, el profesor Lozano envía el siguiente ensayo, publicado en 2001, sobre el gran comunicólogo y comunicador McLuhan, profeta de este presente que le hubiera gustado vivir.

¿Quién teme a Marshall McLuhan?

«Definir es matar. Sugerir es crear».
S. Mallarmé

Hace ahora 20 años, el 31 de diciembre de 1980, murió en Toronto el canadiense Herbert Marshall McLuhan, que había nacido en Edmonton (Alberta) el 21 de julio de 1911. A 20 años de distancia aquel «Doctor Spock de la cultura pop», entrevistado por Playboy, que hacía de McLuhan en Annie Hall, de Woody Allen, denostado por la Academia, ridiculizado por la teoría crítica, reaparece últimamente en plena globalización o glocalización —él que habló de aldea global— donde la cuestión de la transmisión de información lejos de ser banal se convierte en problema central.

En cierta ocasión, el dandi del llamado nuevo periodismo americano Tom Wolf le preguntó por qué era tan difícil seguir sus razonamientos, a lo que McLuhan contestó sin pestañear: «Sencillo. Soy un hemisferio derecho que habla a hemisferios izquierdos». Tamaña respuesta lo confirmaba como enigmático profeta, de pensamiento galáctico diría Edgard Morin, que gustaba de recurrir a la imagen de la sonda («los productos de mi mente son sondas que iluminan zonas oscuras») y que prefirió ser un explorador (explorer) a alguien que da explicaciones (explaner). «El explorador es un ser absolutamente ilógico. Jamás sabe en qué momento va a hacer un descubrimiento extraordinario. Y la lógica es un termino que carece de sentido cuando se aplica al explorador». No explico nada. Exploro». Mas alguna de sus justamente exploraciones, de sus profecías consideradas en un tiempo disparates, le han dado en parte razón. De ahí que la pregunta «¿Quién teme a Marshall McLuhan?» sea pertinente y que merezca la pena recordar a este visionario personaje —cowboy canadiense, lo llamaba Baudrillard— que gustaba de decir, ¿otra profecía?, que el futuro era cosa del pasado. ¿Quién podría hoy por ejemplo rechazar drásticamente la siguiente afirmación de McLuhan:

«La velocidad eléctrica tiende a abolir el tiempo y el espacio de la conciencia humana. No existe demora entre el efecto de un acontecimiento y el, siguiente. Las extensiones eléctricas de nuestro sistema nervioso crean un campo unificado de estructuras orgánicamente interrelacionadas que nosotros llamarnos la actual Era de la Información».

O aquella según la cual:

«En la era eléctrica nos vemos a nosotros mismos cada vez más traducidos en términos de información, dirigiéndonos hacia la extensión tecnológica de nuestra conciencia»

Comenzó McLuhan estudios en ingeniería que luego abandonaría para licenciarse en literatura inglesa en la Universidad de Manitoba. Con una beca se desplazó a la Universidad inglesa de Cambridge, donde fue discípulo de Leavis y de Richards, para tealizar una tesis sobre Thomas Nashe (1567?1601), miembro del famoso grupo de dramaturgos, escritores y poetas ingleses conocidos por los «University Wits», en el que destacó el autor de El judío de Malta Christopher Marlowe. De este grupo cabe recordar, entre otras cosas, un ilimitado entusiasmo por los aforismos y juegos de palabras que deberían influir tanto en el autor del dictum «el medio es el mensaje» o «el medio es el masaje». La lectura de Nashe le hizo interesarse por la retórica, por figuras como la hipérbole y la paradoja; y lo citará en un confuso y abstruso aforismo de La galaxia Gutenberg: «La polifonía de la prosa de Nashe peca contra el decoro lineal y literario».

En Cambridge se ocupó en estudiar a Yeats, T. S. Eliot, Ezra Pound (con quien mantuvo relaciones, lo visitó en el manicomio de St. Elisabeth, donde fue confinado por su apoyo radiofónico al régimen fascista en Italia, y mantuvo con él correspondencia) y especialmente James Joyce, hasta el punto que siempre sostuvo que sus posteriores investigaciones sobre los medios y sobre el nuevo ambiente «eléctrico» siempre lo eran «applied Joyce», aplicando Joyce.

«(…) Cambrigde fue un shock. Richards, Lewis, Eliot y Pound y Joyce en pocas semanas abrieron las puertas de la percepción sobre el proceso poético y sobre el papel de adaptación del lector al mundo contemporáneo. Mi estudio sobre los media tuvo inicio y siempre ha permanecido radicado en la obra de estos autores».

No incluye en esta cita, sin embargo, a quien fue junto a Joyce su autor preferido, Chesterton, de quien admiró su adhesión a la paradoja y al paralogismo. Chesterton fue a quien dedicó su primer artículo académico (sic) en 1936 ‘G. K. Chesterton: A practical Mystic’ y de quien se ocupó en la introducción que redactó para el libro de H. Kenner, Paradox in Chesterton, de 1948. Fue la profunda admiración al autor de las obras sobre el padre Brown la responsable de su conversión al catolicismo, religión que profesó y que nunca abandonaría.

De todos ellos, y fundamentalmente de James Joyce, le fascinaba su capacidad de crear mundos llenos de visiones y sonidos discontinuos que exigían del lector una participación activa. De esa consideración surgió su constante recurso a los aforismos que, como él decía, son siempre incompletos y requieren por ello de una profunda participación. No es extraño que un músico como John Cage dijera de McLuhan —que era amigo de Glenn Gould y de Duke Ellington—:

«En sus escritos me gusta el modo en que salta de un parágrafo al sucesivo sin un nexo lógico (…) deja un espacio, un intervalo que permite al lector, estimulado, razonar por su propia cuenta».

De los artistas destaca McLuhan su capacidad para prever el futuro («El artista capta el mensaje del desafío cultural» y tecnológico varios decenios antes que un choque transformador se haga sentir»). El artista, sostenía, está dotado de una personalidad tan excepcional que puede «corregir las relaciones entre los sentidos antes de que los choques de una nueva tecnología hayan aturdido los procedimientos conscientes».

A final de los años treinta McLuhan fue docente en la Universidad de San Luis (Missouri), donde se encontraba estudiando Walter Ong, autor de Oralidad y escritura (1982), sobre quien ejerció una reconocida influencia. Fue en efecto McLuhan quien descubrió a Ong la obra de P. Ramus, Pierre de la Rarnée (15151557). Ong le dedicó un libro sobre Ramus y publicó un libro importante Ramus, Method and Decay of Dialogue sobre el papel de la visualización en la lógica y en la filosofía del Alto Medioevo y sobre el cierre disciplinario de la reforma pedagógica de Ramus, que a su vez fue utilizado por McLuhan en La galaxia Gutenberg, donde cita a Ong y se refiere a Ramus como «un francés que se deslizó sobre la ola de Gutenberg». Los años que pasó en San Luis, donde impartió cursos sobre Retórica e Interpretación le permitieron familiarizarse con el Medioevo y la cultura escolástica. De ahí proviene su interés por los procesos cognoscitivos.

En 1951 publicó su primer libro, La novia mecánica (seis años antes de que R. Barthes publicara Mitologías) tratando de hacer cumplir una de sus profecías, la que había sugerido en su diario en marzo de 1930:

«De aquí a cincuenta años (…) un volumen de eslóganes y anuncios publicitarios de 1930 constituirá una lectura mucho más interesante que cualquier otra cosa aparecida en esta generación».

En una carta a su madre, Elsie Hall, maestra de dicción y actriz de teatro, definirá La novia mecánica como «una nueva forma de narrativa de ciencia-ficción, con anuncios publicitarios y tebeos (…) podría ser considerada como una nueva forma de novela». El libro muestra «el folklore del hombre industrial» (…), en tono decididamente moralista y apocalíptico («el efecto de muchos anuncios y entretenimientos es mantener a todos en un estado de vulnerabilidad mediante una rutina mental prolongada?’) tanto que por decirlo con Umberto Eco «paradójicamente este libro hace pensar en un Adorno que se expresase en tebeo. El aparato filosófico y argumentativo son diferentes pero la indignación es la misma. Salvo que McLuhan sugiere «leer» y «comprender» estos fenómenos desde dentro «para poderlos dominar». En efecto, esa mirada «desde dentro» siempre la justificó nuestro autor mientras se preguntaba al inicio del libro:

«¿Por qué no usar la nueva educación comercial como un medio para comprender [la manipulación]? O, ¿por qué no ayudar al público a observar conscientemente el drama que se intenta operar inconscientemente en él?».

Él mismo cuenta que, a medida que iba siguiendo este método, le vino a su mente el cuento Descenso al Maelström, de E. A. Poe. El marinero de Poe, recordemos, pudo salvarse estudiando la acción del torbellino y cooperando con él.

«Del mismo modo», dirá, «este libro hace algunos intentos para combatir las considerables corrientes y presiones, situadas hoy a nuestro alrededor por la acción mecánica de la prensa, la radio, el cine y la publicidad».

En un momento del cuento de Poe, el marinero, mientras estaba encerrado en las paredes del torbellino con numerosos objetos que flotaban a su alrededor piensa: «Debo haber estado delirando porque incluso traté de entretenerme especulando sobre las velocidades relativas de sus diferentes descensos del torbellino hacia la espuma inferior?. Con el mismo espíritu nacido del desapego racional de comportarse como un espectador de su propia actuación, que le salvó, intenta McLuhan, con esas palabras, abordar y ofrecer éste su primer libro, insisto moralista casi swiftiano, en el que la tecnología se le aparecía como «un tirano abstracto que produce devastaciones hasta en los resquicios más profundos de la psique».

El propio McLuhan lo diría así tiempo más tarde:

«Durante muchos años, hasta que no escribí mi primer libro La novia mecánica, había adoptado un acercamiento extremadamente moralista a cualquier tecnología ambiental. Aborrecía las maquinarias. Detestaba la cuidad, consideraba la revolución industrial como el pecado original y los mass media como la caída original. Dicho brevemente, rechazaba casi todos los elementos en nombre de un utopismo rousseauniano. Pero gradualmente me di cuenta cuan estéril e inútil era la actitud mía y comencé a comprender que los más grandes artistas del siglo XX —Yeats, Pound, Eliot, Joyce— habían descubierto un acercamiento completamente diferente, basado en la identidad de los procesos de cognición y de creación. Me di cuenta de que la creación artística es el play-back de la experiencia ordinaria —de las escorias a los tesoros—. Dejé de ser un moralista y me convertí en un estudioso».

En ese mismo año, 1951, otro canadiense historiador de la economía, Harold Adams Innis, publicaba en Toronto The Bias of Communication, en el que relacionaba la forma de la comunicación con la organización política, interacción que le autorizaba a sugerir, por ejemplo, que si la invención de] alfabeto fonético y, por tanto, el uso de la imprenta y del papel, había permitido el desarrollo de los imperios (cuyo poder irradiaba de los centros urbanos a través de los grupos de sacerdotes y funcionarios), la cultura oral, como en la antigua Grecia, favorecía un tipo de sociedad con un alto grado de participación e imaginación. En ese libro Innis escribía:

«Los efectos del descubrimiento de la imprenta se hicieron evidentes en las salvajes guerras religiosas del siglo XVI y XVII. La aplicación del poder a las industrias de la comunicación aceleró la consolidación de las lenguas vulgares, el nacimiento del nacionalismo y los recientes estallidos del salvajismo en el siglo XX».

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