15-M en Pekín: también reunidos

15-M en Pekín: también reunidos

Por Juan Manuel Cuéllar, periodista redactor de TVE destinado en Pekín y antiguo alumno

 La conciencia civil encuentra su nombre en los lugares públicos que invitan a la reunión. Allí la tribu se convierte en ciudadanía, y el apetito por lo colectivo se pega a las miradas individuales. Luego, las cosas no son tan sencillas. La energía de los grandes propósitos se escabulle por el desagüe del día a día, que es la vida normal. Pero los escenarios permanecen y como un río que se empeña eternamente en ocupar el mismo cauce, los paisanos naturales y los transitorios acaban por coincidir de nuevo en el recodo de siempre. Allí se paran, porque es lo que pide el cuerpo en esos sitios, y charlan, porque es lo que pide el ánimo cuando se está reunido y a gusto. Y se reconocen mutuamente. Cafés, plazas, servirá cualquier marco en el que el foro pueda producirse; el viejo foro en que los que hablan pueden ser escuchados y los que escuchan pueden oir al que habla. Otros pasan por allí y, aunque no metan baza, se paran a enterarse del panorama. Esto también hace masa. Y cuando la idea está cocinada y apetece, apenas basta un empujón para que el lugar físico se convierta en un lugar en el imaginario, en la mente, o en el corazón, con independencia de los resultados.

Puerta del Sol en Madrid, Tahrir en El Cairo, Tiananmen en Pekín, o la Salle du Jeu de Pomme en París, donde se formuló la Revolución Francesa, viven en la memoria colectiva como lugares donde personas indignadas se atrincheraron para gritar basta. Acuñada la idea, las piedras quedan solo a título conmemorativo.

Hoy, día 4 de junio, después de 22 años, las hogueras que ardieron en la Plaza de Tiananmen siguen humeando en las mentes y voluntades de todos en los que prendió esa llama. En unos y otros alienta la indignación, el resentimiento, la frustración, la perseverancia, el agotamiento y también la esperanza. Tahrir ya no es un enclave urbano; explota cada día en Libia, Yemen, Siria. Hace poco, frente a la fachada del Instituto Cervantes de Pekín se congregó un puñado de españoles. Estudiantes, viajeros, empleados, empresarios, funcionarios. Han decidido por consenso que no quieren fotografiarse frente al rótulo gigantesco con el nombre de la institución; el lugar no es más que un punto de encuentro fácil de localizar y no tiene relación alguna con los motivos que hasta ahí les han llevado. Buscan su vida haciendo buena la expresión “buscarse la vida”, que significa superar dificultades con esfuerzo para lograr vivir, o sobrevivir, con normalidad o dignidad. Sobre un trozo de puerta a modo de tablero, han escrito una pequeña pancarta en la que se lee “Beijing” y “15M”.

Ya sea un solo hombre en Siberia, una multitud en Plaza de Cataluña, o dos docenas en Pekín, la idea se hace impulso y basta. Luego, es probable que todo quede en agua de borrajas; a ver quien gastará su existencia peleando con los tiburones vocacionales que dedican una vida entera a retorcer la política y la economía. Pero a veces, si las circunstancias son favorables y algunos de esos tiburones se pone de parte de los rebeldes, la historia da un giro. Que se lo digan si no a Sièyes y a los diputados encerrados en la Salle du Jeu de Pomme.

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