Protágoras ya no cree en los dioses

Protágoras de Abdera

Protágoras ya no cree en los dioses

Antonio Dueñas

Cuenta Filóstrato en su Vida de los sofistas[1] que Protágoras  de Abdera (485-411 a.n.e.) escribió literalmente en uno de sus tratados más conocidos y citados: “sobre los dioses no puedo decir si existen ni cuál es su naturaleza. Ya que son muchos los factores que me lo impiden[2]

En términos parecidos, (y además añade uno de los conceptos fundamentales que se le atribuyen: el del valor de la percepción o la sensación) se expresa Diógenes Laercio en el libro IX de su famosa Vida de los filósofos ilustres cuando escribe

afirmaba que el alma no es nada al margen de las sensaciones, como dice precisamente Platón en el Teeteto y que todas las cosas son verdaderas”.

Y en otro de sus escritos comenzó de esta forma:

 “Acerca de los dioses no puedo saber ni cómo son ni cómo no son. Porque muchos son los impedimentos para saberlo: la oscuridad del tema y lo breve que es la vida humana”[3]

El resultado de esta atrevida afirmación (o mejor, tal vez, dubitación) fue la quema pública de sus libros (una de las constantes históricas del poder político  en defensa de su continuidad) y su condena a muerte, conmutada por el destierro (por algo era amigo de Pericles). El del destierro sería su último viaje, pues pereció en el naufragio de la  nave que lo llevaba a Sicilia. Es, sin duda, éste, el aspecto más llamativo de su vida y el que con frecuencia ha desviado apreciaciones más coherentes y globales sobre  su forma de entender el lenguaje, el pensamiento y sobre eso que llamamos “estar en el mundo”.

Consecuentemente Protágoras es un filósofo cuya obra nos ha llegado a través de múltiples testimonios, recogida por grandes nombres, bien para refutarla (como en los casos de Platón y de Aristóteles), bien en un intento enciclopédico de preservación y divulgación (no siempre rigurosamente atendible), como en el caso del citado Diógenes Laercio. Esta anómala transmisión de su obra podría ser un obstáculo para conocer en la actualidad exactamente lo que proponía; no obstante, hay que pensar que tanto Platón como Aristóteles, al menos, reproducen con una fidelidad muy aceptable la mayoría de sus postulados, precisamente por ese intento casi obsesivo de condena que manifiestan en muchos de sus escritos.

Se suele admitir con seguridad que escribió una obra titulada Antilogías y otra titulada La Verdad, aunque se citan otras muchas que, como en el caso de Sobre los dioses, bien pudieran ser partes de las dos mencionadas. Debió de ser conocido e influyente en vida y sabemos que los fragmentos de su obra permanecen sólo, como se apuntaba, por haber sido  denostado por esos grandes nombres de la filosofía griega. ¿Por qué esa oposición frontal a sus ideas, oposición que fue creciendo con el cristianismo, durantela Edad Media y que continúa todavía hoy?

 El sistema propugnado por Protágoras parte y se sustenta en  un confesado agnosticismo, consecuencia coherente, y motor al mismo tiempo, de una propuesta, la del antropocentrismo, completamente nueva y opuesta a los sistemas filosóficos más reconocidos, en los que el absolutismo y la naturaleza de las ideas, con su indiscutible presencia virtual, constituyen un sólido sistema de dogmáticos principios. Su atrevida objeción, por tanto,  difícilmente podía pasar inmune en una ciudad–estado como Atenas, cuya organización estaba radicada en dicho complejo y sólido sistema teocéntrico. Ese hombre de Protágoras, medida de todas las cosas, que “alegremente” también se menciona a veces como precursor de una especie de “humanismo renacentista” ante litteram, ofrece distintos caras y la posibilidad de un análisis más completo.

 Es, en primer lugar, una profunda reflexión sobre la posibilidad que tenemos los humanos de acceder al conocimiento a través de nuestros propios medios, es decir, de la reflexión y del análisis mediante el uso de la lengua. Superada la fase en que eran  los dioses quienes revelaban su sabiduría (o parte de ella) a los humanos a cambio de un reconocimiento perpetuo; superado nuestro reconocimiento incondicional porque nos regalaron el fuego; superada la fe en que fueran ellos los organizadores del sistema de convivencia de los humanos, ha llegado la hora –parece pensar Protágoras-  de que esta relación deje de ser pública y se transfiera al ámbito de lo privado. Se abre paso entonces el concepto  homo mensura, el del relativismo, el de aceptar tanto que los dioses existen como que no existen. Así queda de manifiesto en sus reflexiones sobre la verdad. Hasta este momento se podía creer y confiar en que los dioses nos brindaran protección y amparo (siempre al albur de un capricho muy humano, por cierto), y de que incluso en los casos más desesperados el ser humano podía esperar el “milagro”, como aparece manifiesta y repetidamente en la estratagema  teatral del  deus ex machina.

 Las reflexiones recogidas en las Antilogías, discurren, al parecer, por este tipo de opuestos o de complementarios. Una misma acción puede ser justa y puede ser también injusta, depende de la perspectiva de ese hombre-medida; un mismo argumento, ya en el terreno más concreto de la argumentación retórica, puede transformarse de fuerte en débil y viceversa; el retórico podrá imponer el criterio de validez social  para argumentar en uno o en otro sentido. Estas afirmaciones, no obstante, no implican que Protágoras, como se ha sostenido muchas veces, equipare la justicia con la injusticia o la verdad con la mentira. Es mucho más sencillo: las cosas, las acciones, los hechos cotidianos nunca presentan una sola cara, no son monolíticos. El pretendido relativismo individualista del que se le ha acusado mal se acompasa con su declarada vocación social y educativa. La pausada afirmación del de Abdera a propósito de la existencia de los dioses encontrará su réplica más conocida, veintitantos  siglos más tarde, en el famoso “grito” de Einstein Dios no es necesario.

Protágoras habla de sensación o percepción; parece consciente, por tanto, en su propuesta de vía hacia el conocimiento que el único camino válido es el de los sentidos. El ser humano es sensorial en su relación con los demás y con el mundo, percibimos por los sentidos, transformamos después esas percepciones en abstracciones mediante el uso de un código lingüístico, (con la consiguiente reducción y ambigüedad que conlleva pasar por semejante “embudo”) y lo hacemos siempre desde nuestra radical individualidad y soledad, como sostiene, por ejemplo, Lévinas, para abrirnos al “otro”. Solo podemos conocer lo que impresiona nuestros sentidos, de manera que las concepciones universalistas de Platón, por ejemplo, son inadmisibles en rigor. El propio autor de los Diálogos se hace eco de la propuesta de Protágoras, pues evidentemente debió de alcanzar gran fuerza entre los intelectuales atenienses, hasta el punto de verse en la necesidad de salirle al paso y de tratar de refutarla. Así, por ejemplo, en su Teeteto, Sócrates le dice a Teodoro:

Pues bien Teodoro, ya nos hemos librado de tu amigo y, sin embargo, no le hemos concedido que el hombre sea medida de todas las cosas, a no ser que se trate de un “hombre razonable”. Tampoco vamos a admitir que el saber sea percepción al menos sobre la base de esa doctrina de acuerdo con la cual todo se mueve.[4]

 Platón trata de refutar la propuesta de la percepción incluso con el argumento prestado del movimiento continuo, dando lugar así (por consiguiente –dice Sócrates- no hay que decir que algo es visión en lugar de decir que es no visión, y lo mismo ocurriría en el caso de cualquier otra percepción, si todo está absolutamente en movimiento)[5] a una formulación muy cercana a cualquiera de las famosas antilogías protagóricas.

Platón (Atenas, 428 aC-347 aC), discípulo de Socrates, maestro de Aristóteles. Detalle de la pintura de Rafael Sanzio "La escuela de Atenas", 1509, Vaticano.

Es evidente que el tono despectivo de Platón se dirige tanto a Protágoras como a Heráclito y constituye uno de los testimonios más evidentes del auténtico “choque de trenes” que debieron de ser las discusiones entre el ateniense y el de Abdera. En honor a la verdad, no obstante, hay que subrayar la atención y el respeto que en todo momento muestra Platón por Protágoras, no así por Gorgias, como queda de manifiesto en el diálogo del mismo nombre. Pues discuten, incluso por su propio afecto, los amigos con los amigos, pero disputan los enfrentados y los enemigos entre sí, tercia Pródico en un momento de cierta tensión entre ambos[6].

Es en  esta obra donde con mayor profundidad se enfrenta el problema del conocimiento, del saber. Los griegos utilizaron los términos gnosis y episteme para referirse al conocimiento y a la ciencia; y en este caso, también a la posibilidad del mismo. A lo largo de la historia de nuestra cultura occidental el problema del conocimiento se plantea, pues, ya desde el enfrentamiento Protágoras-Platón; se enfrentan las dos concepciones más opuestas, la que defiende que el fundamento del mismo  puede hallarse en la realidad sensible (percepción) y la que sostiene que lo hace en  la realidad inteligible (idea). Problema insoluble, tal vez, pues a lo largo de la historia también las posturas han ido oscilando entre el escepticismo radical y el más radical dogmatismo al respecto; y con frecuencia también los filósofos han tratado de salir de la situación apelando a un “escepticismo moderado” o a un  “dogmatismo más o menos transigente”  (se puede conocer, pero no del todo, parecen sostener los últimos). En todo caso, aprehender un objeto o un concepto (ese proceso de gnosis), constatar o partir de la base de que existe un sujeto y un objeto, no implica reconocer que exista una realidad independiente de quien inicia el proceso; sino que, más bien, el sujeto es capaz solamente  de una representación y que, por tanto este objeto existe sólo en cuanto tal representación.

Evidentemente Protágoras en su defensa de la convención del lenguaje (y de la validez de otros asuntos, como el de las leyes, por ejemplo) une ambas propuestas, conocimiento y lenguaje y, necesariamente, concluye en  la dimensión individual del individuo, en ese homo mensura que, al ser  capaz de representación, hace que dicho objeto o argumento necesariamente sea verdadero, aunque la suya sea una representación parcial, aunque se acerque sólo parcialmente a la representación del otro, cuya representación será también, aunque diferente, tan verdadera como la propia. En el Teeteto Sócrates, tratando de reproducir la opinión de Protágoras dice lo siguiente:

  “Yo, efectivamente, digo que la verdad es como lo tengo escrito: cada uno de nosotros es, en efecto, medida de lo que es y de lo que no es. Pero entre unas y otras personas hay una enorme diferencia precisamente en esto, en que, paras unos, son y aparecen unas cosas y, para otros, otras diferentes”[7]

Aristóteles parece suavizar la postura platónica respecto a las formas del conocimiento (lo mismo sucederá con el método retórico), como si intuyera, aunque no debería descartarse la tan humana oposición al maestro, que las propuestas de Protágoras merecían una reflexión más cuidadosa. Dice en su Metafísica:

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