En memoria de Antonio Tabucchi


En memoria de Antonio Tabucchi 

Por Antonio Dueñas

Tabucchi (1943-2012) murió hace poco en su amada Lisboa; había nacido en la Toscana italiana y tuvo dos patrias: por afecto y, sobre todo, por lengua; pues en definitiva la patria, de existir, es la lengua de cada uno y la lengua que se comparte. Tabucchi unió el portugués a su italiano de Toscana. Tenía una cátedra de literatura portuguesa en la Universidad de Siena, escribió casi siempre en italiano, pero una de sus obras más conocidas Réquiem (1991), está escrita en portugués. Dice en el prólogo que, para contar lo que quería en este libro, necesitaba una lengua distinta de la nativa.

   “En cualquier caso comprendí que no podía escribir un ‘réquiem’ en mi lengua, sino que necesitaba una lengua distinta, una lengua que fuera un lugar de afecto y, a la vez, de reflexión”.

    A veces la proximidad de las cosas, la familiaridad de la lengua esconde caminos de la reflexión, etimologías veladas, ciertas “formas de decir” cuyo trasfondo es mucho más evidente para quien ama esa lengua tras aprenderla de adulto. Con frecuencia el uso de esa “segunda lengua” facilita el trasvase natural de lo real a lo imaginado, permite el juego de inventar y soñar, pasar con naturalidad de la vida a la muerte y viceversa; como si esa segunda lengua proporcionara claves sutiles y recónditas, distintas de los procesos automáticos que se activan de manera inconsciente en la lengua materna. La “lengua aprendida” es capaz de conducir el pensamiento por senderos libres de referencias y de lastres invisibles.

 En mi opinión, todo esto se activa en Réquiem, una novela que le sirve para recuperar y cumplir episodios inconclusos, intelectuales o afectivos, de la propia vida.    Al escribir en una lengua distinta de la nativa, Tabucchi se une a escritores como Conrad o Nabokov, Svevo, Héctor Bianciotti o Blanco White.

   Su narrativa es, en portugués o en italiano, un permanente traspasar fronteras reales o imaginarias; sus personajes y sus paisajes (pese a la minuciosidad topográfica de las calles de Lisboa, por ejemplo), nos conducen siempre por caminos inciertos y misteriosos. Sus personajes siempre buscan a alguien, siempre “se buscan”, se diría; de ahí las reconstrucciones nebulosas y fragmentarias, (opuestas y contradictorias a veces), de la identidad; no por azar en su obra late siempre la presencia del heterónimo o de los heterónimos (por amor e influencia de Pessoa, como es natural); la presencia de “el juego”, como  el que se explica y desmonta en  La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997); “juego” es un  término ambiguo, -parece decir el autor- polisémico, acomodaticio, que encubre con frecuencia el fondo humano de entrega y simulación, de construcción y de zancadilla al interlocutor o al adversario. Este “juego literario” tan característico de su obra, lejos de acomodarse en un banal postmodernismo, encierra el compromiso de simular y señalar las formas de la verdad (falsas, aparentes, oportunistas) y manifiesta también su compromiso con la radical “integridad” de la palabra. El intelectual Tabucchi mantuvo, en este sentido, un compromiso sin concesiones que le llevó, por ejemplo, a que el gobierno de Berlusconi le demandase judicialmente (demanda que ganó él, por cierto).

   De sus libros conservo y valoro, en primer lugar, Dama de Porto Pim (1983) y Nocturno hindú (1984); en ellos la historia se desliza y se esconde, promete y desconcierta; los personajes son viajeros y soñadores, irónicos y descuidados. Pese al aparente desconcierto, el lector se deja conducir en estas historias a la búsqueda de algo que, sin ser excesivamente concreto, gira siempre en torno a la identidad y a sus múltiples formas. Sin ser sinestésico, siempre he asociado estas aventuras a la música de Erik Satie, a su velada ironía, al juego aparente, a la melancolía profunda. Cuando leí Réquiem, algunos años más tarde, me encontré con Satie en el primer capítulo.

   Me atrapó después Pequeños equívocos sin importancia (1985). Pese a lo minimalista del título, la reconstrucción de sus casi-historias resulta deslumbrante, sorprenden sus descripciones y lo desbordante de un lenguaje pletórico de insinuaciones, de ironía y de indiferencia aparente. En mi opinión constituye una de las cimas de su obra, la que se envuelve en bruma en Nocturno hindú y en Dama de Porto Pim y la más próxima a la crónica, en el sentido más borgiano, en Sostiene Pereira.

   Sostiene Pereira (1994) es la novela que casi todos conocen. La historia de este anciano periodista se ha incrustado ya en nuestra memoria asociada al rostro y al caminar grave y ligero de Marcello Mastroianni en la película de Roberto Faenza (1995). Tabucchi consigue narrar una historia  pirandelliana, en un “soporte”, se diría, de aventura desenvuelta, humorística, política y tierna. Pereira dialoga con la esposa muerta, añora al hijo que nunca tuvo, descubre de manera reflexiva la necesidad del compromiso; asumirlo todo, constatar la débil  costura entre vida y muerte le hace sonreír y caminar ligero como nunca. Por eso nos gusta tanto Sostiene Pereira.

Marcello Mastroianni en la película "Sostiene Pereira" (director: Roberto Faenza, Italia, 1995)

Si Pirandello exploró como nadie los problemas de identidad de la condición humana, en historias también irónicas pero desprovistas de contexto social y político, Tabucchi sigue la senda del maestro y añade la condición política como elemento necesario también de esa misma condición. Su obra mantiene una “unidad fragmentaria”, como –observo- fragmentarias son estas líneas en su memoria.

   Conocí a Tabucchi hace años, en Barcelona. Se estrenaba una obra suya en un teatrito underground de El Born. Su mirada era afable, acogedora e irónica, con un puntito a veces de sarcasmo: parecía un personaje salido de sus novelas.

Antonio Tabucchi

Lisboa

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