La noche de La Habana

Y llegué a La Habana. Cuando salí del aeropuerto internacional José Martí, pude ver muchos coches antiguos del siglo pasado, de los años cincuenta y sesenta, como en las películas antiguas. La pintura brillante estaba despegada, pero corrían por las calles cubanas. Un joven manejaba el coche de época con su novia, y con la música fuerte se marchó lejos. Los coches viejos, clásicos, parecían que se iban a romper de un momento a otro. En algunos no se cerraba la puerta trasera, y al conducirlos producían mucho ruido.

La Habana

Cuba vive una economía vieja, anclada y por muchas veces rota. Cuba sufrió durante muchos años el embargo por Estados Unidos. Y, ante la escasez, todo puede servir, no se desperdicia, y mucho menos un coche. Los cubanos siempre hacen el mejor uso de cada cosa.

En La Habana, por supuesto, uno tiene que ir a la ciudad vieja. Las calles de la Habana vieja están gastadas, como las arrugas de la frente de una vieja que habla de la historia de esta ciudad. Una ciudad que ha vivido mucho en poco tiempo: la colonización española, la guerra hispano-estadounidense, el levantamiento por la independencia, el cambio de régimen, las dictaduras, la revolución socialista… Cruzando por cada esquina, podía encontrar los más profundos recuerdos.

Casi todas las paredes han perdido su color, y las ventanas estaán rotas. En un balcón de un segundo piso colgaba ropa de colores. Al lado se apoyaba un hombre semidesnudo y una mujer tranquila. Charlaban asomando la cabeza por la ventana rota y hablaban con un vecino o con un peatón. Usaban una cuerda colgante atada a una sucia cesta para dejar que los vendedores ambulantes les dejaran alimentos frescos.

Hay plazas grandes y pequeñas por toda la Ciudad Vieja. Mercadillos de libros. Los niños juegan bajo del árbol, a su sombra. Los vendedores ambulantes venden flores y siempre esperan el próximo cliente. A la puesta de sol, los jóvenes se abrazan en la playa.

Oscurece. El barrio habanero se anima. La gente pasea por la calle. La música suena constante por todas partes. Un perro dócil cruza silenciosamente por la calle y recoge suavemente cualquier cosa comestible.

Cuando miraba el mapa bajo la luz, un anciano se acercó y me preguntó a dónde iba. Me acompañó hasta la bocacalle. Y me alertó con gestos y palabras que cuidara la cartera. Supo que yo le había entendido bien y se sintió satisfecho. Dio unas vueltas y luego desapareció en la noche.

Las luces en La Habana no son muy brillantes. Pero la gente es excepcionalmente acogedora y amable. Caminando por las estrechas calles del casco antiguo, y en la oscuridad, nunca he sentido miedo ni inquietud.

Yu Zhang. MUIP

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