Solidaridad por caridad

Boris intentó arrebatarme mi teléfono móvil a punta de cuchillo no solo porque quería comer, sino porque no conocía otra forma de encarar día tras día esto que llamamos vida y, que para algunos, es mucho más sombría que para otros. Evité que me hiciera daño y que me despojara del teléfono al ofrecerle dinero y la mano como quien cierra un negocio.
Desconfió y me dijo ¿cómo sé que puedo confiar en usted? Con algunos insultos de por medio yo le respondí con el mismo recelo, pero lo decisivo para desactivar una situación tan violenta como un atraco fue que él aceptara darme la mano. Tiene mucho más valor en un país en guerra, sumido en su propia pobreza material y de espíritu aceptar un gesto de respeto humano que darlo.

Colombia negocia la paz de una guerra insostenible, pero los colombianos aún no han emprendido el camino de la paz de todos los días, la que no necesita de garantes internacionales ni de mesas de trabajo en La Habana. Es la paz que pone fin a los demonios que la pobreza, la marginación, la injusticia social y legal han logrado quebrarnos en nuestra capacidad humana.

La pobreza arrebata toda dignidad humana, porque logra erradicar la esperanza de poder ser algo mejor que lo que se es. Y somos pobres también aquellos que no podemos comprender que la paz se construye desde el respeto y no desde la caridad. Boris, ese negro alto y maloliente, vestido en cuerpo y alma como aquel que tiene derecho a matar porque a él lo dejaron morir desde siempre, encarna lo peor de nuestra sociedad. En parte porque nadie puede adjudicarse el derecho a matar para alimentarse y porque nadie debería ser obligado por su propia especie a hacerlo. Los colombianos debemos aceptar el fracaso de nuestra escala de valores, muchas veces arribista y despreciativa y menos veces responsable del dolor y hambre de nuestro propio pueblo.

Tal vez, de la misma manera en que con total lucidez Eduardo Galeano sentenció, debemos comprender que “a diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba–‐abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder».

solidaridad

María Elvira Albarrán Cepeda. MUIP

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