Mayo del 68: historia de un artículo periodístico con historia

María Jesús Casals. Profesora del MUIP

Pierre Viansson-Ponté (1920-1979) fue un periodista e intelectual francés. Fundó en 1953, con Jean-Jacques Servan-Schreiber y Francoise Giroud, L’Express, y fue redactor jefe desde su primer número hasta 1958. Después fue consejero y editorialista en Le Monde. Viansson-Ponté fue en su tiempo uno de los grandes periodistas políticos en Francia, país de grandes escritores, poetas, filósofos, intelectuales y profesionales de la información y de la opinión. Su estilo era sosegado pero directo. Él mismo dijo de sus escritos que eran «parciales, a menudo injustos, a veces apasionados, pero siempre sinceros y de buena fe».

Este artículo firmado por Pierre Viansson-Ponté, «Quand la France s’ennuie» (Cuando Francia se aburre) tiene una historia interesante. Publicado en Le Monde en marzo de 1968 se lo considera como el precursor del Mayo del 68 francés, un movimiento caracterizado por una sucesión de huelgas y multitudinarias protestas espontáneas que se originaron en París por los movimientos estudiantiles y que luego se extendió a los sindicatos obreros y partidos de izquierda, lo que generó una protesta imprevista que cogió por sorpresa al gobierno francés. El Mayo del 68 se extendió por la República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia, etc.

Por cumplirse este año el 50 aniversario de aquel Mayo del 68 (comenzó el día 3) he buscado en la red el artículo de Pierre Viansson-Ponté y lo he traducido. Se trata de un artículo ensayístico, sencillo, muy analítico y, podríamos decir, sosegado, no parece provocador. Su estructura es deductiva (parte de la premisa que protagoniza todo el escrito, el aburrimiento de una sociedad francesa) y expositivo-valorativo porque ve un problema y lo razona en cada párrafo: la situación adormilada o anestesiada de la sociedad francesa, lo que para el autor supone un peligro de muerte social. Es de juicio implícito, no concluye claramente. Deja al lector esa conclusión después del análisis crítico que realiza. Podría decirse que su crítica es amarga pero evita un discurso emotivo. Por eso su estilo es claro, natural, analítico, prudente pero admonitorio. Su estrategia discursiva es el análisis razonado y sencillo para advertir de que el tedio que describe era un riesgo para el país por consumación.

Cuando Pierre Viansson-Ponté escribió su artículo de ningún modo imaginó su repercusión. Pero supo ver los síntomas de una convulsión social que estaba a punto de estallar.

Cuando Francia se aburre…

Pierre Viansson-Ponté, Le Monde, 15 de marzo de 1968

Lo que actualmente caracteriza nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses están aburridos. No participan en las grandes o mayores convulsiones que sacuden al mundo. La Guerra de Vietnam los emociona, sin duda, pero en realidad no los afecta. Invitados a recaudar «mil millones para Vietnam», 20 francos por cabeza, 33 francos por adulto, están, después de más de un año de cobros, alejados de las cuentas. Además, con la excepción de algunos comprometidos de un lado o del otro, todos, desde el primero hasta el último, ven esta guerra con los mismos ojos, o casi. El conflicto en el Medio Oriente causó una fiebre leve a principios del verano pasado: el paseo heroico provocó reacciones viscerales, sentimientos y opiniones; en seis días el acceso había terminado.

Las guerrillas de América Latina y la efervescencia cubana han estado de moda por un tiempo; son poco más que un tema de trabajo práctico para los sociólogos de la izquierda y el objeto de los movimientos para los intelectuales. Quinientos mil muertos tal vez en Indonesia, cincuenta mil muertos en Biafra, un golpe en Grecia, las expulsiones de Kenia, el apartheid en Sudáfrica, las tensiones en India: no es más que la moneda diaria información. La crisis de los partidos comunistas y la revolución cultural china parecen equilibrar el malestar negro en los Estados Unidos y las dificultades inglesas.

En cualquier caso, es asunto suyo, no nuestro. Nada de esto nos llega directamente: además, la televisión nos repite al menos tres veces cada noche que Francia está en paz por primera vez en casi treinta años y que no está implicada ni le conciernen estos problemas en ninguna parte del mundo.

Los jóvenes se aburren. Los estudiantes se manifiestan y luchan en España, en Japón, en América, en Egipto, en Alemania, e incluso en Polonia. Tienen la impresión de que hay conquistas que deben emprenderse, protestas que deben escucharse, o al menos un sentimiento del absurdo para oponer a la absurdidad. Los estudiantes franceses se preocupan por saber si las chicas de Nanterre (1) y de Antony (2) podrán acceder libremente a las habitaciones de los chicos, una concepción muy limitada de los derechos humanos.

Los trabajadores jóvenes buscan trabajo y no lo encuentran. Los enfrentamientos, sermones y denuncias de los políticos de todos los estratos les parecen a estos jóvenes, en el mejor de los casos, bastante cómicos, en el peor, completamente inútiles, casi siempre incomprensibles. Afortunadamente, la televisión está ahí para desviar la atención de los problemas reales: el estado de la cuenta bancaria de Killy, la congestión de las autopistas, las apuestas en las carreras de caballos, que siguen teniendo prioridad el domingo por la noche en todas las antenas de Francia.

El general de Gaulle está aburrido. Había jurado no inaugurar los crisantemos y continúa yendo, oficial y bondadoso, del Salón de Agricultura al Foire de Lyon. ¿Qué más hacer? A veces intenta, sin gran éxito, dramatizar la vida cotidiana al exagerar los peligros externos y los peligros internos. En voz baja, suspira con desaliento contra «la cobardía» de sus compatriotas, quienes, sin embargo, confiaron en él de una vez por todas. Además, la televisión no pierde la oportunidad de recordar que el gobierno es estable por primera vez en un siglo.

Solo unos pocos cientos de miles de franceses no se aburren: desempleados, jóvenes en paro, pequeños agricultores aplastados por el progreso, víctimas de la necesaria concentración y competencia cada vez más duras, ancianos abandonados por todos. Están tan absortos en sus preocupaciones que no tienen tiempo para aburrirse, ni tienen el corazón para manifestarse y agitarse. Y aburren a todos. La televisión, que está hecha para distraer, no habla lo suficiente sobre ellos. Así que reina la calma.

La respuesta, por supuesto, es fácil: es quizás lo que se llama, para un pueblo, la felicidad. ¿Deberíamos lamentar guerras, crisis, huelgas? Solo aquellos que sueñan solo con heridas y golpes, trastornos y desórdenes, se quejan de la paz, de la estabilidad, de la calma social.

El argumento es poderoso. En las peores tragedias en Indochina y Argelia, en la época de temblorosos gobiernos que desfilaban como imágenes de un caleidoscopio, en aquel tiempo en que la clase obrera tuvo que arrancar concesiones con amenazas y por la fuerza, no había motivo para estar particularmente orgulloso de Francia. ¿Pero realmente no hay otra opción que elegir entre la apatía y la incoherencia, entre la inmovilidad y la tormenta? Y de todos modos, los buenos sentimientos no disipan el aburrimiento, sino que contribuyen a su aumento.

Este estado de melancolía debería servir normalmente a la oposición. Los franceses a menudo han demostrado que aman el cambio por el cambio, cueste lo que cueste. ¿Sería más alegre la izquierda que el régimen actual? Durante los próximos años, la tentación probablemente será cada vez mayor para intentarlo, aunque solo sea «para ver», como en el póker. En agitaciones anteriores podemos encontrar la misma atmósfera pesada, esterilizante también.

No construimos nada sin entusiasmo. El verdadero objetivo de la política no es administrar el bien común de la mejor manera posible, hacer algún progreso, o al menos no evitarlo, expresarlo en la ley y decretar la inevitable evolución. Al más alto nivel, el verdadero objetivo de la política es conducir a un pueblo, abrir horizontes, provocar impulsos, incluso si para ello debemos provocar algunas reacciones imprudentes.

En una pequeña Francia casi reducida al Hexágono (3), que realmente no es infeliz ni muy próspera, que está en paz con todos, sin tener demasiado en cuenta los acontecimientos mundiales, el ardor y la imaginación son tan necesarios como el bienestar y la expansión. Realmente no es fácil. Este imperativo se aplica tanto a la oposición como al poder. Si no se satisface, la anestesia puede causar la consumación. Y finalmente, ya se ha visto, un país también puede acabar pereciendo de aburrimiento.

____________________

(1): Campus de la Université de Nanterre (en las afueras de París)

(2): Campus de la Université d’Antony (en las afueras de París)

(3): El Hexágono designa metafóricamente la parte continental de la Francia metropolitana, recordando que su forma geográfica es parte de un hexágono casi regular (3 lados terrestres y 3 lados marítimos). Por extensión, se usa con frecuencia para designar al país entero.

Quand la France s’ennuie…

Pierre Viansson-Ponté, Le Monde, 15 mars 1968

Ce qui caractérise actuellement notre vie publique, c’est l’ennui. Les Français s’ennuient. Ils ne participent ni de près ni de loin aux grandes convulsions qui secouent le monde, la guerre du Vietnam les émeut, certes, mais elle ne les touche pas vraiment. Invités à réunir «un milliard pour le Vietnam», 20 francs par tête, 33 francs par adulte, ils sont, après plus d’un an de collectes, bien loin du compte. D’ailleurs, à l’exception de quelques engagés d’un côté ou de l’autre, tous, du premier d’entre eux au dernier, voient cette guerre avec les mêmes yeux, ou à peu près. Le conflit du Moyen-Orient a provoqué une petite fièvre au début de l’été dernier : la chevauchée héroïque remuait des réactions viscérales, des sentiments et des opinions; en six jours, l’accès était terminé.
Les guérillas d’Amérique latine et l’effervescence cubaine ont été, un temps, à la mode; elles ne sont plus guère qu’un sujet de travaux pratiques pour sociologues de gauche et l’objet de motions pour intellectuels. Cinq cent mille morts peut-être en Indonésie, cinquante mille tués au Biafra, un coup d’Etat en Grèce, les expulsions du Kenya, l’apartheid sud-africain, les tensions en Inde : ce n’est guère que la monnaie quotidienne de l’information. La crise des partis communistes et la révolution culturelle chinoise semblent équilibrer le malaise noir aux Etats-Unis et les difficultés anglaises.
De toute façon, ce sont leurs affaires, pas les nôtres. Rien de tout cela ne nous atteint directement : d’ailleurs la télévision nous répète au moins trois fois chaque soir que la France est en paix pour la première fois depuis bientôt trente ans et qu’elle n’est ni impliquée ni concernée nulle part dans le monde.
La jeunesse s’ennuie. Les étudiants manifestent, bougent, se battent en Espagne, en Italie, en Belgique, en Algérie, au Japon, en Amérique, en Egypte, en Allemagne, en Pologne même. Ils ont l’impression qu’ils ont des conquêtes à entreprendre, une protestation à faire entendre, au moins un sentiment de l’absurde à opposer à l’absurdité, les étudiants français se préoccupent de savoir si les filles de Nanterre et d’Antony pourront accéder librement aux chambres des garçons, conception malgré tout limitée des droits de l’homme.
Quant aux jeunes ouvriers, ils cherchent du travail et n’en trouvent pas. Les empoignades, les homélies et les apostrophes des hommes politiques de tout bord paraissent à tous ces jeunes, au mieux plutôt comiques, au pire tout à fait inutiles, presque toujours incompréhensibles. Heureusement, la télévision est là pour détourner l’attention vers les vrais problèmes : l’état du compte en banque de Killy, l’encombrement des autoroutes, le tiercé, qui continue d’avoir le dimanche soir priorité sur toutes les antennes de France.
Le général de Gaulle s’ennuie. Il s’était bien juré de ne plus inaugurer les chrysanthèmes et il continue d’aller, officiel et bonhomme, du Salon de l’agriculture à la Foire de Lyon. Que faire d’autre ? Il s’efforce parfois, sans grand succès, dedramatiser la vie quotidienne en s’exagérant à haute voix les dangers extérieurs et les périls intérieurs. A voix basse, il soupire de découragement devant » la vachardise » de ses compatriotes, qui, pourtant, s’en sont remis à lui une fois pour toutes. Ce qui fait d’ailleurs que la télévision ne manque pas une occasion de rappeler que le gouvernement est stable pour la première fois depuis un siècle.
Seuls quelques centaines de milliers de Français ne s’ennuient pas : chômeurs, jeunes sans emploi, petits paysans écrasés par le progrès, victimes de la nécessaire concentration et de la concurrence de plus en plus rude, vieillards plus ou moins abandonnés de tous. Ceux-là sont si absorbés par leurs soucis qu’ils n’ont pas le temps de s’ennuyer, ni d’ailleurs le cœur à manifester et à s’agiter. Et ils ennuient tout le monde. La télévision, qui est faite pour distraire, ne parle pas assez d’eux. Aussi le calme règne-t-il.
La réplique, bien sûr, est facile : c’est peut-être cela qu’on appelle, pour un peuple, le bonheur. Devrait-on regretter les guerres, les crises, les grèves ? Seuls ceux qui ne rêvent que plaies et bosses, bouleversements et désordres, se plaignent de la paix, de la stabilité, du calme social.
L’argument est fort. Aux pires moments des drames d’Indochine et d’Algérie, à l’époque des gouvernements à secousses qui défilaient comme les images du kaléidoscope, au temps où la classe ouvrière devait arracher la moindre concession par la menace et la force, il n’y avait pas lieu d’être particulièrement fier de la France. Mais n’y a-t-il vraiment pas d’autre choix qu’entre l’apathie et l’incohérence, entre l’immobilité et la tempête ? Et puis, de toute façon, les bons sentiments ne dissipent pas l’ennui, ils contribueraient plutôt à l’accroître.
Cet état de mélancolie devrait normalement servir l’opposition. Les Français ont souvent montré qu’ils aimaient le changement pour le changement, quoi qu’il puisse leur en coûter. Un pouvoir de gauche serait-il plus gai que l’actuel régime ? La tentation sera sans doute de plus en plus grande, au fil des années, d’essayer, simplement pour voir, comme au poker. L’agitation passée, on risque de retrouver la même atmosphère pesante, stérilisante aussi.
On ne construit rien sans enthousiasme. Le vrai but de la politique n’est pas d’administrer le moins mal possible le bien commun, de réaliser quelques progrès ou au moins de ne pas les empêcher, d’exprimer en lois et décrets l’évolution inévitable. Au niveau le plus élevé, il est de conduire un peuple, de lui ouvrir des horizons, de susciter des élans, même s’il doit y avoir un peu de bousculade, des réactions imprudentes.
Dans une petite France presque réduite à l’Hexagone, qui n’est pas vraiment malheureuse ni vraiment prospère, en paix avec tout le monde, sans grande prise sur les événements mondiaux, l’ardeur et l’imagination sont aussi nécessaires que le bien-être et l’expansion. Ce n’est certes pas facile. L’impératif vaut d’ailleurs pour l’opposition autant que pour le pouvoir. S’il n’est pas satisfait, l’anesthésie risque de provoquer la consomption. Et à la limite, cela s’est vu, un pays peut aussi périr d’ennui.

___________________________

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s